Tres minutos de color

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Descubrí a Pere Cervantes en «No nos dejan ser niños», lo cual me condujo de forma indefectible hasta «La mirada de Chapman». Entre ambas novelas aprecié, como suele ocurrir con todo gran escritor, una progresión evidente. No solo en la complejidad de la trama, sino en la profundidad de su prosa, en la viveza de sus diálogos, en las aristas de sus personajes. Por eso, cuando me enfrenté a su última novela, la que lleva por título el mismo que este post, imaginé que Pere habría dado un paso más en su particular búsqueda de la excelencia.

He aquí mi sorpresa.

Al pasar la última página del libro las únicas palabras que acuden a mi cabeza son: ¡Será mamonazo! (Perdón por el exabrupto, pero fue así). No me queda más remedio que concluir que entre sus dos primeras novelas negras la progresión había sido aritmética, mientras que en esta última se trata de una geométrica elevada a la enésima potencia. No exagero si digo que ha pasado a convertirse en una de las grandes novelas que he leído en los últimos años. Sus personajes tienen empaque, enjundia, profundidad, y todo lo que un escritor anhela cuando se enfrenta a la tesitura de dar vida a los protagonistas de una historia en la que va a invertir innumerables horas. La trama goza de la proporción justa de misterio, una pizca de amor, su chorrito de crudeza y un salteado de realidad callejera. Todo ello amalgamado por un potente sofrito de novedad que, en definitiva, es lo que hace que el plato termine dejando un poso que perdura en el tiempo. Porque si escribir una novela negra tiene una complejidad intrínseca, hacerlo con un ingrediente como las ECM (experiencias cercanas a la muerte) lo convierte en un trabajo solo al alcance de los más cualificados; y Pere ha demostrado estar a la altura.

Resumiendo: si no lo has leído aún, no sabes lo que te estás perdiendo.

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