Magia

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Este año, por el día del Padre, tuvieron a bien hacerme un par de regalos que a priori eran sinónimo de éxito: «La víspera de casi todo», de mi admirado Víctor del Árbol y «Patria», de Fernando Aramburu (del que admito no haber leído nada aún). Pues bien, en algo menos de cinco días, con los niños pululando por casa a todas horas por las ansiadas fiestas de la Magdalena, recibiendo visitas de familiares que la distancia priva de cotidianidad y con algún que otro sobresalto que dificultaba rodearse del sosiego necesario para degustar la buena literatura, liquidé el premio Nadal que tenía entre manos.

Los que acostumbran a leer con asiduidad (pocos, por desgracia) me entenderán perfectamente cuando les diga que, a pesar de las contingencias, mi cabeza no se alejó, durante los días que duró la lectura, del libro que descansaba sobre la mesita del salón y que, de cuando en cuando, me miraba con ojos suplicantes para que pasase un ratito, por minúsculo que fuese, con él. Víctor consiguió que Germinal, Paola (Eva), Daniel, Mauricio y compañía fuesen parte de mi familia durante el tiempo compartido. Pero si bien la trama está bien traída, los personajes se visten de la intriga necesaria para humanizarlos y la ambientación te permite disfrutar de los puntos más distantes de la costa septentrional española, no fue nada de eso lo que polarizaba mis movimientos hasta ese rincón del sofá que uso como puerta secreta a otros mundos, no siempre mejores que el que abandono. En este caso, lo que condenaba sin remisión mis pasos hasta ese lugar, que para mí tiene algo de místico y litúrgico, era la magia que Víctor del Árbol hace con las palabras. A veces me sorprendía contemplando un párrafo, releyéndolo, tratando de imaginar cómo el autor había cincelado aquellas frases, con la evidencia de que el común de los mortales sería incapaz de amalgamar esas mismas palabras para dotarlas de un sentimiento que escapase a la propia semántica de sus elementos, y que Víctor había moldeado a su antojo, como si fuesen maleables. Yo, un escritor en ciernes, no puedo dejar de hacerme, cuando me enfrento a semejante dominio de léxico por parte de determinados autores (Carlos Zanón, entre otros, acompañaría en este grupo a Víctor), la misma pregunta: ¿cómo lo ha hecho?

Solo se me ocurre una respuesta: magia.

Después, más sosegado, una vez macerada la certeza de que, como en todos los gremios, hay virtuosos a los que solo se puede (y debe) admirar, me da por pensar que la magia hay que disfrutarla, y que descubrir el truco, por muy atractivo que resulte, jamás te convertirá en mago.

4 comentarios en “Magia

    1. Muchas gracias, Rocío. Creo que «Un millón de gotas» te va a llenar más, no obstante, la escritura de Víctor, en cualquiera de sus libros, y en especial para los que damos nuestros primeros pasos en esto, siempre aporta.

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