Hasta siempre, Currito

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Solo aquellos afortunados que han tenido el placer de compartir la vida con un animal sabrán de lo que hablo.

Han sido casi trece años.

Aún recuerdo cuando, tras el accidente, al comprobar que tu sensibilidad en el tren inferior había desaparecido, tus antiguos dueños te abandonaron a tu suerte.

¡Qué suerte tuviste, jodio!

¡Qué suerte tuvimos!

Laura, mi mujer, por aquel entonces mi novia, trabajaba en el Hospital Veterinario Cartagonova donde, como he dicho anteriormente, Curro había sido defenestrado por unos dueños que, después de invertir un pastón en un Yorshire toy, no quisieron permanecer a su lado cuando un accidente de coche lo condenó a arrastrar sus patas traseras y a lidiar con unos esfínteres inestables que a la menor señal se descontrolaban. Laura, cada día, acudía al trabajo una hora antes para ayudarlo en su rehabilitación. El mismo tiempo empleaba a la salida para completar su particular terapia. Con el paso de los meses mejoró, y aquellas patas indolentes, que antaño eran meros apéndices que se desplazaban con la ayuda de un carrito, fueron ganando musculatura y coordinación. Hasta que un día comenzaste a caminar. Primero con un poco de ayuda, después tú solito. De acuerdo que no eras el más estético, pero cómo corrías, mamón.

Con la excusa de que no estuviese todo el fin de semana ocioso, sin hacer su particular rehabilitación, me convenciste que lo mejor sería llevarlo con nosotros a casa los viernes por la tarde y regresarlo al Hospital Veterinario los lunes por la mañana. En ese momento surgió un nuevo problema, y no pequeño. A causa de tu falta de sensibilidad en el tren inferior, cuando te excitabas, no controlabas la orina. ¡Ya te puedes imaginar cómo dejabas toda la casa! La solución fue ponerte pañales (contigo me entrené para los que vendrían después). Pero la cosa no fue tan fácil, qué va. Hasta que tu cuerpo se acostumbró tuvimos que batallar con las llagas que te salían en las ingles. Con paciencia (más la de Laura que la mía) también superamos ese obstáculo.

Y así empezó todo.

Hasta que un lunes no regresaste al veterinario. Y ya nunca lo hiciste (salvo para tu revisiones periódicas). Te quedaste con nosotros durante nada más y nada menos que trece años. Concretamente hasta ayer, en el que un infarto te arrancó la vida mientras te sostenía en mis brazos tratando de calmarte cuando vi que tu respiración se descompensaba.

Es curioso: no lloré.

Es curioso: ahora no puedo parar de hacerlo.

Sé que siempre nos va a acompañar tu recuerdo, pero no puedo evitar sentir la dentellada en el corazón, la garra en el vientre. Sin embargo, lo más duro ha sido ver a David (9 años) y a Enzo (4 años) abrazar tu cuerpo inerte sin comprender muy bien por qué no reaccionabas; explicarles que a Curro le tocaba emprender un viaje al cielo de los perros, en el que nadie podía acompañarlo; despedirnos de ti; recoger tus cenizas y atender la petición de los niños de dejarlas en su habitación para que, desde ahora y por siempre, durmieras con ellos; ha sido jodido oírles cómo te dan las buenas noches sin terminar de comprender por qué no estás en tu sitio de siempre; en definitiva, ha sido muy duro decirte adiós.

Allá donde estés, amigo, disfruta. Nosotros te echaremos de menos.

Hasta siempre, Currito.

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