Solsticio de verano

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A mí el solsticio de verano me trae aroma a EGB, a esa ilusoria barrera que trazábamos para separar el deber del placer. El veintiuno de junio me huele a playa, a Algameca, a cuadernillos Santillana, a reproches paternos por no haber rendido en el curso tanto como debiera. El primer día de verano es la carpeta de mi disco duro donde más fotos almaceno; la mayoría con mis primos (mis mejores amigos, sin duda). Esta mañana, tumbado en el sofá, la he abierto y, como cada año, un halo de nostalgia me invade al constatar que aquellos días de despreocupación absoluta y de libertad casi obscena no regresarán jamás. A cambio, el objetivo (no, la promesa) de llenar la de mis hijos, me pinta una sonrisa sincera y coloca en perspectiva el concepto de felicidad.

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