Muertes de sobremesa

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¿Puede un asesino en serie, después de dieciocho años, regresar y convertir a sus víctimas en verdugos?

El inspector Marcial Lisón, un peculiar policía cuyo único amigo de verdad es su inseparable galgo,  se verá obligado a retomar una investigación que le explotó en la cara cuando, a mediados de la década de los noventa, tan sólo era un simple agente a las órdenes del inspector Villanueva. Cuando Lisón ve el cuerpo desnudo de Enma, la mujer de Villanueva, sentado frente a la mesa de la cocina, con dos tazas de café y el dedo anular amputado, ya sabe que el asesino del café ha vuelto.

La enrevesada investigación, que obliga a negociar con los recuerdos más ocultos de su mente, conducirá a Marcial a descubrir que su relación con el asesino del café trasciende más allá de lo meramente profesional.

El asesino del café no es sólo un caso sin resolver del pasado, sino su pasado sin resolver.

 

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Cuando el inspector Marcial Lisón ve el cuerpo desnudo de Enma Novoa, mujer del inspector jefe Villanueva, sentado frente a la mesa de la cocina con dos tazas de café y el dedo anular amputado, ya sabe que el asesino del café ha vuelto.

El reciente fallecimiento de Santi, su compañero y único amigo de verdad, y la relación directa del inspector jefe con la víctima, obligan a Marcial a hacerse cargo de una investigación que, dieciocho años atrás y con Villanueva como director de orquesta, convirtió al por aquel entonces agente Lisón en la persona que es hoy.

En 1995, dos muertes atroces, adornadas con un peculiar ritual, asolaron una pequeña ciudad como Cartagena, poco acostumbrada a los focos mediáticos. El inspector Villanueva, junto a los recién llegados agentes Lisón y Santibáñez, trató de dar luz a una situación inédita en la ciudad portuaria donde la ausencia de indicios hizo a los investigadores dar palos de ciego hasta que, varios meses después, la investigación se cerró de forma oficial y sin un culpable sobre el que descargar la impotencia de las familias de los fallecidos.

Aquel caso marcó de forma desigual a los policías: Villanueva, veterano en estas lides,  pareció rehacerse del todo, mientras Santi y Marcial lo capearon de forma opuesta. El primero; inmensamente afectado porque siempre pensó que pudo haber hecho más por descubrir quién asesino a su vecina, la primera víctima, se protegió en su idílico entorno familiar. El segundo; creando una coraza hasta convertirse en una persona huraña con un temperamento peligroso y descontrolado que redujo sus relaciones sociales a la mínima expresión.

Con esta nueva muerte el asesino del café convierte la investigación en un «vis a vis» con Marcial. Pero lo peor para el inspector Lisón no es, solo, tener que rememorar el caso que marcó su vida, sino tener que hacerlo de la mano de una nueva compañera, generando así un sentimiento de traición hacia su inseparable amigo Santi, al que únicamente podía hacer sombra Sola, un galgo español que consigue humanizar y sosegar a Marcial de forma misteriosa, casi mágica.

Las pesquisas, y la sorprendente actitud de su nueva compañera, conducirán a nuestro protagonista por los inexplorados caminos de la amistad sin olvidar que el verdadero objetivo es encontrar a un enemigo común.

Los acontecimientos le demostrarán que el asesino del café no es, simplemente, un caso del pasado sin resolver, sino su propio pasado sin resolver.

 

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