Cómo conocimos a Sola

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Era evidente que Sola necesitaba un capítulo aparte en esta página. No solo se trata de un personaje trascendental en la trama de Muertes de sobremesa, sino que su importancia traspasa la ficción. No en vano, como ya he contado en numerosas ocasiones, este precioso galgo que humaniza un tanto a Marcial Lisón en Muertes de sobremesa es el único personaje real de la novela. Su historia, tal y como se detalla en el libro, es verídica y tuvo como protagonista a mi mujer, Laura: una amante de los animales.

Recuerdo que regresábamos un día a casa cuando la avistó por primera vez. Se hallaba postrada en una esquina, al cobijo de una sombra que un muro le robaba al sol, sucia, derrengada, timorata. Laura me hizo detener el coche y trató de acercarse, pero como era previsible el animal huyó sin apenas permitir que la distancia entre ambas fuese menor a cinco metros en ningún momento.

Al día siguiente, la volvimos a ver rondar los descampados, hurgando sobre desperdicios en busca de algo que llevarse a la boca. Laura fue a casa y depositó, a una distancia prudencial, un par de cacharros con comida y bebida, y se alejó a contemplarla. Ni que decir tiene que su cuerpo atigrado no tenía el brillo que Pere y Laura (tocaya de mi mujer), sus actuales dueños, nos permiten contemplar en las fotos; aun así su belleza era incuestionable.

Durante algo más de tres meses, eso fue todo lo que pudimos hacer por ella: colocar comida y bebida en el mismo sitio y a la misma hora, y observar cómo su escuálido cuerpo ganaba algunos gramos, no muchos, la vida callejera demanda un alto consumo calórico para subsistir.

Lo que al principio Sola, así la bautizó Laura y no creo que sea necesario explicar por qué, consideraba como distancia de seguridad se fue acortando con el paso de los meses, de manera que a estas alturas el galgo ya permitía a mi mujer, y solo a ella, contemplar a escasos centímetros cómo rendía cuentas de su dosis diaria de pienso y agua.

Sola, galgo de Muertes de sobremesa

 

Y llegó el día. Al principio con demasiada cautela y por tiempo muy limitado, casi efímero; después algo más prolongado y recíproco. Al fin se dejó acariciar. No por cualquiera (obvio), sino por quien se había preocupado por ella durante todos esos meses.

Llevó algún tiempo más que se ganase su confianza, pero Laura, inquebrantable en la tarea, lo consiguió. Ya casi se podría decir que acudía a su llamada, aunque no perdía distancia con lo que consideraba su hogar: tierra, cultivos y cañaverales; por si acaso el ser humano (inhumano, diría yo) volvía a traicionarla.

Suele llover poco en Cartagena, pero cuando lo hace, cosas de la gota fría, cae con inusitada violencia. Y fue un día de tormenta cuando se encendieron todas las alarmas. ¿Dónde estará Sola? ¿Qué pasa si sigue lloviendo así un par de días más? ¿Vendrá a comer? Y un largo etcétera de interrogantes que se agolpaban, uno encima de otro, en nuestras cabezas, pero para qué negarlo, sobre todo en la de Laura.

Así que salimos a buscarla. Aquí haré una parada para añadir que contábamos con la colaboración de unos estupendos vecinos que no dudaron un momento en echarnos una mano. A lo que iba. El caso es que no tardó en acudir a la llamada de mi mujer. ¡Bien! Pero no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo, dicen. Lo de acercarse a ella estaba asumido, lo de entrar en una casa de esas de la que seguramente ya la habían expulsado una vez, no lo veía tan claro. ¿Para qué? Para cuando me haya acomodado y piense que soy una más de la familia, me dejen en la calle otra vez…

No lo conseguimos.

Más bien todo lo contrario: la insistencia por obligarla a hacer algo que, a todas luces, no le apetecía la asustó. Ese fue el momento más crítico, pues temimos haber echado por tierra todo el trabajo de meses atrás.

Aquí es cuando entra en juego Purogalgo, una protectora de animales (pincha aquí para visitar su web), personificada en la figura de Ger, que no dudó ni un momento en desplazarse desde Elche hasta Cartagena para ayudarnos a dar a Sola lo que se merecía: una familia.

Puro galgo, protectora animal

Una vez más Sola demostró tener un sexto sentido. Si bien no había dejado nunca de acudir a la hora convenida a la cita con Laura, aquel día, seguramente guiada por su instinto, decidió darle plantón. Ger hizo todo lo indecible por dar con ella, incluso pasó casi todo el día por allí, buscándola, pero nada.

Curiosidades del destino o inteligencia canina, el caso es que Sola apareció justo cuando ella decidió regresar a Elche; no sin antes habernos dejado un somnífero con el que poder engatusarla y llevarla a casa. Y así fue, lo pusimos entre la comida y después de hacer que Laura atravesara descampados, tierras aradas, barros y cañaverales se dejó coger.

Al día siguiente, la llevamos a Elche donde empezó su proceso de sociabilización, rodeada de los suyos, esos seres de cuatro patas que nunca te abandonan. Purogalgo se encargó, tras un exhaustivo escrutinio, de seleccionar a las personas más idóneas para adoptar a Sola, ahora Charlotte. Y esas, como mencioné en líneas anteriores, fueron Pere y Laura.

No trato de añadir más dramatismo a una historia de por sí dura, pero no quiero restar mérito a mi mujer, la cual realizó todo lo relatado anteriormente estando embarazada de seis meses.

Por suerte, como podéis apreciar en las fotos, en la actualidad disfruta de una placentera existencia junto a otros miembros de su manada.

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