Camaleones

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Eulalia abrió la puerta de la habitación con extrema delicadeza, como si quisiera devolver a su nieto a la realidad con una suave transición desde el mundo onírico. Deslizó la cortina, subió la persiana unos centímetros y un tenue haz de luz se coló sin pedir permiso, contorneando sus facciones angelicales.
—Vamos, Enrique. Es la hora.
Enrique demudó el rostro conforme tomó consciencia de lo que eso implicaba: hoy tendría, por enésima vez, que volver a recordar su agonía.
—Cinco minutos —suplicó, ocultando de nuevo sus ojos verdes, carentes de brillo desde el desgraciado suceso.
Eulalia no dijo nada. Se contentó con observar cómo un gesto tan simple como cerrar los párpados devolvía a su nieto la inocencia perdida semanas atrás. Se acomodó en el borde de la cama y mesó su cabello azabache sin poder reprimir la lágrima que, indolente, comenzaba a surcar su mejilla.

—¿Estás seguro de que es buena idea? —dijo Manuel Beltrán, aunque Antonio Mateo, su compañero, ya había pulsado el interfono.
—Es el único implicado con el que aún no hemos hablado —respondió, al tiempo que una voz emergía del altavoz solicitando que se identificasen—. Policía.
Subieron por el ascensor. Al salir, Eulalia, una sexagenaria con un leve excedente de kilos, de pelo caoba y mirada vidriosa, los esperaba en la puerta. Tras los protocolarios saludos los guio hasta el salón, donde se acomodaron en un tresillo gastado, con más pasado que futuro. Eulalia hizo lo propio en una silla, con Enrique sobre sus muslos, escondido en su regazo a pesar de tener ocho años recién cumplidos.
—Buenos días, Enrique —comenzó Mateo, con un tono paternalista—. ¿Has desayunado ya?
El chico desvió la mirada, buscando el amparo de los ojos de su abuela, y en un gesto casi imperceptible asintió.
—Eso está muy bien. —El policía se forzó a hacer una pausa para elegir las palabras adecuadas—. ¿Sabes por qué estamos aquí, verdad?
Un nuevo asentimiento, esta vez más enérgico y sin buscar la complicidad de Eulalia, fue la respuesta.
—Ya nos han contado cómo ocurrió. Hemos hablado con Leire y Jorge, vuestros profesores, con Asensio, el director, y con los padres de Pablo y Diego…
Mateo se detuvo. El respingo de Enrique al mentar los nombres de sus agresores le aconsejó hacerlo. Eulalia había accedido a que se llevase a cabo ese encuentro informal, sin necesidad de una parafernalia burocrática que exigía la representación del ministerio Fiscal para el interrogatorio de menores, porque no quería someter a su nieto a la crudeza de acudir a unas dependencias policiales que aumentasen el sentimiento de culpa en el que su Enrique se hallaba sumido, de manera que debía gestionar con delicadeza las reacciones del niño, si no quería que su abuela diese carpetazo al encuentro.
—Lo que trata de decir mi compañero —apuntó Beltrán— es que necesitamos que nos cuentes la historia tú también.
Enrique se revolvió en el regazo de su abuela, que lo arrulló con sus brazos y lo arropó con la mirada. El niño tragó saliva un par de veces antes de comenzar a hablar:
—Llevaban ya tiempo haciéndolo —comenzó timorato.
—¿El qué? —Mateo quería oírlo de su boca.
—Molestarme.
—¿Cómo te molestaban?
—En el recreo. —Calló y buscó, nuevamente, los ojos de Eulalia—. Me obligaban a que les diera mi desayuno y si…, y si llevaba dinero también tenía que dárselo.
Un silencio, a modo de receso emocional, precedió a las siguientes palabras de Enrique:
—Hasta que el otro día no quise.
—¿Qué es lo que no quisiste?
—Darle este colgante. —Enrique introdujo la mano en el interior de su camiseta y lo extrajo. Una cuerda de cuero rematada por un broche de plata, en forma de manos entrelazadas, quedó expuesta a los ojos de los policías—. Me lo regaló mi padre —sentenció.
—¿Por eso te pegaron?
Los ojos del chico se anegaron y, poco después, desbordaron en un flujo constante sobre sus mejillas. Eulalia lo volteó y lo apretó contra su pecho, desprendiéndose de una mirada inquisitoria que viajaba desde Antonio Mateo hasta Manuel Beltrán, sin decidir dónde posarse. En el último instante se decantó por Mateo, a todas luces el causante de los recuerdos que mutilaban el ego de su nieto.
—Vamos, Enrique. Ya pasó. Fuiste muy valiente —se atrevió a decir Beltrán, con la intención de desviar la atención de Eulalia de su compañero.
El niño abandonó el asilo de su abuela, con fingida entereza, y se enjugó los ojos.
—Sí, lo fui —dijo, como si eso mitigase el dolor que arrastraba—. Pero eran mayores.
—Claro, claro. Te portaste como un campeón. —Mateo, una vez disipado el gesto de Eulalia, retomó la iniciativa—. Pero ¿por qué decidiste enfrentarte a ellos en vez de decírselo a tu profesor?
—Fue por mi padre. Él me dijo que no podía ser un cobarde y que, si volvían a hacerme algo, debía defenderme.
Mateo y Beltrán intercambiaron miradas de asombro: un nuevo elemento entraba en juego.
—¿Le habías contado a tu padre que Pa… que esos niños te molestaban con frecuencia? —Esa era la primera pregunta cuya respuesta podría servir para la investigación.
Enrique miró a Eulalia. Sabía que lo que iba a oír a continuación no le iba a gustar. Le había prometido que solo lo vería cuando tocase, y que si volvía acercarse al patio en la hora del recreo se lo contaría. No sabía qué era eso tan malo que había hecho su padre como para poder visitarlo solamente una vez al mes, y siempre bajo la supervisión de su abuela, pero eso no le importaba. Únicamente quería pasar más tiempo con él, como hacían el resto de sus compañeros con sus padres.
—Vino a verme en el recreo, justo el día antes de que…
—Entiendo, Enrique. No hace falta que te tortures más. Lo has hecho muy bien. Y ahora, si nos haces el favor, nos gustaría hablar con tu abuela; a solas.
Cuando Enrique hubo cerrado la puerta de su habitación, los adultos retomaron la conversación:
—Cree usted que su yerno sería capaz de… —Mateo no pudo terminar su pregunta porque Eulalia sentenció la respuesta.
—Ese desalmado es capaz de todo. Pero si ha sido él quien lo ha hecho, les diré una cosa: no me da ninguna pena.

Felipe Olmo era un hombre alto, rapado, con una complexión atlética envidiable y con el color de ojos que la genética había concedido en suerte a Enrique. Vestía unos vaqueros gastados, con rotos que poco o nada tenían que ver con la tendencia otoño/invierno de ese año, camiseta blanca ceñida y una cazadora de cuero negro con una cremallera que se cerraba en diagonal.
Tras abandonar la casa de Eulalia, Mateo y Beltrán se pusieron en contacto con Felipe, el padre de Enrique, y, con más trabajo del que habían imaginado en un principio, consiguieron concertar una reunión. A lo que no había accedido Felipe, sin embargo, era a recibirlos en su domicilio, así que el punto de encuentro se estableció en un parque cercano al colegio donde su hijo, hasta el triste suceso de acoso escolar, cursaba tercero de primaria.
Las presentaciones, la búsqueda de un lugar con cierta privacidad dentro del parque y las preguntas de rigor para romper el hielo, fueron suficiente para que los policías configurasen una idea de a qué tipo iban a tener que enfrentarse en los próximos minutos: beligerante, provocador, receloso.
—Entonces, señor Olmo —tanteó Mateo—, reconoce que, cuando se enteró de lo que le sucedió a su hijo, habló con la profesora…
—Leire Avecilla —completó Beltrán, ante el lapsus de su compañero.
—¿Si hablé? Le expliqué lo que iba ocurrir si no controlaba a esos putos niños.
—¿Y qué iba a pasar, señor Olmo? —Mateo trató de aprovechar la vehemencia que exteriorizaba Felipe: quizá su respuesta les mostrase el camino.
—Muy sencillo: que se lo pensaba explicar yo, personalmente, a sus padres. A mi niño no lo putea nadie.
—Sabe cómo suena eso en la boca de un expresidiario, ¿verdad? —Mateo veía un filón en su actitud, que no podía desaprovechar.
—Sé cómo iban a sonar las caras de esos dos hijos de puta. ¿Eso le vale?
Felipe se aproximó a escasos centímetros de su interlocutor, dejando a Beltrán a sus espaldas, dando una muestra de que se desenvolvía mejor en el cuerpo a cuerpo. Después, en voz baja, casi en un susurro, dijo:
—Yo no le he hecho nada a esos niños, aunque no le voy a negar que me la suda lo que les ha ocurrido. Ellos solitos se lo han buscado.
Mateo se separó de Felipe y se colocó junto a su compañero para obligar al expresidiario a tener a los dos policías en su campo de visión.
—¿Qué le dijo la profesora?
—Que tomaría las medidas oportunas para que eso no se repitiese.
—¿Y la creyó? —La pregunta la formuló Beltrán, al que los argumentos esgrimidos por la docente le parecían endebles para mitigar la ira que Felipe habría acumulado tras conocer el suceso de boca de su hijo.
—Digamos que le di una oportunidad. —Felipe sacó un paquete de tabaco del bolsillo interior de la cazadora y extrajo un cigarro—. Aunque parece que ya no me tendré que preocupar más por ese asunto. —Cogió un mechero del bolsillo del pantalón y lo encendió. La primera bocanada de humo la dirigió hacia los policías, haciendo evidente el poco respeto a la autoridad que atesoraba.

—¿Qué piensas? —preguntó Beltrán.
Antonio Mateo no respondió enseguida. Prefirió dedicar unos segundos a masticar la información que podía extraerse de las palabras de Felipe. Le preocupaba que sonara tan indolente. Lo que le había sucedido a los niños, por mucho que fuesen los que hacían la vida imposible al suyo, debía sobrecoger el alma de cualquiera, especialmente de aquellos que habían experimentado la increíble sensación de acoger entre los brazos a su propio hijo.
—Tenemos que volver a hablar con la profesora.
—¿No crees lo que nos ha contado Felipe?
—No es eso. Lo que no entiendo es por qué ella no mencionó esa conversación.

El encuentro con Leire Avecilla se fijó en la residencia de la docente, por expresa petición de esta, que aducía el cuidado de sus mascotas como motivo principal para no abandonar la vivienda. Mateo le había telefoneado a eso de las cinco de la tarde y Leire ya tenía un compromiso para las siete, lo que reducía considerablemente el tiempo que podía ausentarse si pretendía, como en ella era habitual, dejar todas las tareas hechas antes de dar paso al ocio y la diversión, con el que la joven profesora, cercana a la treintena, solía afrontar los fines de semana.
La vivienda de Leire, situada en los extramuros, distaba mucho de tener justificación con su sueldo: una planta baja con buhardilla, semisótano, y un jardín amurallado circundando los más de doscientos metros habitables.
Los policías se hallaban en el interior de un diáfano salón, con una imponente chimenea que convertía aquel habitáculo en el refugio perfecto para las inclemencias externas. Leire, ataviada con un pantalón ancho y una blusa sedosa, donde la estilizada figura que Beltrán y Mateo habían contemplado en su anterior encuentro se difuminaba por completo, permanecía de pie frente a ellos. Se trataba de una mujer guapa, de ojos castaños y pelo lacio del mismo color. Sus movimientos, como su tono de voz, la hacían parecer una mujer frágil, sin embargo, los policías habían comprobado en su primera visita que no era así.
—¿Por qué no nos dijo que Felipe Olmo, el padre de Enrique, había hablado con usted sobre el acoso que sufría su hijo? —Mateo fue directo al grano: disponían de poco tiempo como para prodigarlo con banalidades.
—No me lo preguntaron —respondió con indiferencia—. Que un padre, cuyo hijo tiene un problema de esa magnitud con unos alumnos míos, quiera hablar conmigo para resolver el asunto, no me pareció extraño.
—¿Ni siquiera después de saber lo que les ha pasado a Pablo y Diego? —Beltrán no pudo reprimirse y se anticipó a la pregunta que mascullaba Mateo.
—Ni siquiera —atajó.
Hubo un breve silencio en el que Mateo calibró el cariz que estaba tomando la actitud de Leire y sopesó el derrotero que más le convenía. Finalmente, decidió suavizar las preguntas. Si quería conocer hasta qué punto la profesora les había ocultado aquella información deliberadamente, la mejor forma de conseguirlo era haciéndola sentir cómoda; y eso pasaba por realizar preguntas menos comprometidas.
—Díganos, señora Avecilla…
—¿Señora? ¡Por Dios, qué feo suena eso! Mejor Leire.
—Está bien, Leire. ¿Podría contarnos si Pablo y Diego tenían problemas con más niños, o solo se comportaban así con Enrique?
Un repentino sonido procedente de una habitación cercana los sorprendió, especialmente a Beltrán, que estaba sentado en un sofá cercano al pasillo por el que se había colado el ruido. Los policías cruzaron las miradas para después dirigirlas, al unísono, sobre la profesora.
—Mis mascotas —dijo.
—¿Y qué son? ¿Leones? —Beltrán se volvió a anticipar.
Leire sonrió, antes de tomar asiento junto a Mateo.
—Camaleones. La hembra está en celo, pero, según parece, aún no está por la labor.
—¿Camaleones? —Preguntó Mateo, al que la impostada fragilidad de Leire seguía condicionándole.
—Ya les dije que soy licenciada en Biología, ¿no es así?
—Cierto, pero me choca.
—¿Por qué? ¿Acaso me imaginaba con un gatito en el regazo, o con un perrito al que pasear tres veces al día? Le sorprendería lo interesantes que son los camaleones.
—Sorpréndame —invitó Mateo.
Leire volvió a incorporarse. Se acercó a la chimenea, y mirando el fuego comenzó a hablar:
—¿Sabe que los camaleones se parecen mucho a los humanos? —Leire no esperó la respuesta de Mateo—. Son animales muy territoriales. Necesitan su espacio y si alguien lo invade… Ocurre lo que acaban de oír.
—No todos los humanos son territoriales —interrumpió Beltrán.
—Sí lo son. En mayor o menor grado, todos reclamamos un espacio de intimidad al que no permitimos que se acerque nadie. Y cuando digo nadie es nadie. Solo, como terminarán haciendo mis camaleones, cuando hay un interés común, abrimos la cancela de ese lugar. Además, ¿saben que incluso en cautividad los camaleones necesitan alimentarse de presas vivas?
—Lamento decirle que yo únicamente como cosas que están muertas, y muy cocinadas, a ser posible. —Esta vez fue Mateo el que cortó la explicación.
—Es una metáfora, por supuesto. Por ejemplo, Diego y Pablo… —Leire se detuvo, como si el recuerdo de lo que le había sucedido a los niños le acudiese a la cabeza sin esperarlo.
—¿Qué pasa con los chicos? —Mateo se sobresaltó ante el silencio de la profesora.
—Esos chicos son un claro ejemplo. Marcan su territorio y se alimentan de presas vivas. Son depredadores.
—¡Leire, por favor! —Mateo elevó la voz, ante lo desafortunado de aquel comentario—. Parece olvidar que esos pobres chicos…
—No lo olvido. Les recuerdo que son mis alumnos. Era un mal ejemplo, lo reconozco, pero me pareció que era lo suficientemente gráfico para argumentar mi teoría. —Leire se dirigió hacia la puerta del pasillo, situándose junto a Beltrán que, al igual que Mateo, se había incorporado—. Y ahora, si no les importa, necesito arreglar a mis mascotas: he quedado en menos de media hora.
Los policías dirigieron sus pasos hacia la puerta de entrada, donde un sendero empedrado conducía hasta la verja exterior. Cuando Mateo tenía asido el pomo y se disponía a abrir, se giró hacia la profesora y dijo:
—¿Podríamos ver esos camaleones?
El rostro de Leire cambió durante una fracción de segundo, aunque la sonrisa fue la respuesta que mostró hacia su interlocutor.
—Por supuesto.
La docente los condujo hacia la primera puerta a la que se accedía desde el pasillo, donde el sonido había sorprendido a Beltrán minutos antes. Se trataba de una habitación dedicada en exclusividad a los reptiles. Dos terrarios gigantes, pertrechados con luz, termostato, troncos, piedras y todo tipo de accesorios propios para la recreación de un ambiente natural, descansaban sobre sendas mesas. El de la izquierda se encontraba vacío; y en el de la derecha, arrinconado, se hallaba un camaleón algo más pequeño que el que lo miraba, desde el centro de la estancia, con aire aguerrido.
—¿Qué les parecen? —Leire señalaba sus mascotas con satisfacción.
—Bonitos, pero algo aburridos —contestó Mateo—. Gracias por todo, Leire. Ahora sí que la dejamos con sus camaleones.

Leire comprobó por la mirilla cómo se alejaba el coche de los policías. No estaba segura de haber transmitido el mensaje correcto, pero eso ahora no importaba: tenía que alimentar a sus mascotas antes de acudir a su cita. Abrió el frigorífico y cogió las raciones que tenía preparadas. Subió las escaleras y se dirigió a la buhardilla. Allí estaban; inmóviles, con ojos dóciles, silentes. Se acercó con cuidado al que estaba más a la derecha y lo cogió del cuello con firmeza. Después, con un rápido movimiento de mano, despegó la cinta americana de su boca. Un gritó quedo murió en las paredes insonorizadas de la habitación. Le sirvió la comida y repitió la operación con el de la izquierda. Un cuarto de hora más tarde, con Pablo y Diego atados y amordazados de nuevo, salía por la puerta de su casa avisando por mensaje que llegaría diez minutos tarde: sabía que Felipe lo entendería.

3 comentarios en “Camaleones

  1. Cuando mi hijo pequeño tenia 6 años me llamó la Profe preocupada. Al niño lo molestaban…le pegaban, le quitaban el bocata y él se defendió inventando que su padre estaba en la cárcel por matar a dos hombres. Después vendría a por ellos en cuanto saliera.
    Eso preocupó a la docente. No lo le estaban haciendo a mi hijo, que, por otra parte siempre se supo defender sólo.
    Un relato estupendo!
    CarMeLa

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