Las horas muertas

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Un niño de ocho años no debería temer el tintineo que provoca una botella de whisky al golpear el canto de un vaso. Claro que un niño de ocho años tampoco debería distinguir una botella de ginebra de una de vodka, o de cualquier otra bebida destilada. Sin embargo, yo sí era capaz. No solo de eso, sino de augurar lo que vendría después: los gritos, los zarandeos y finalmente las hostias.

Las hostias, sí.

Porque mi madre, si es que aún podía considerarla así, más allá de lo que la ley me obliga, hacía ya mucho tiempo que había sustituido los bofetones por hostias. Pero las heridas cicatrizan, el dolor, sin embargo, se anquilosa y forma una amalgama con el rencor, que junto al odio fraguan una amasijo de difícil digestión. Así que cuando mi afinado oído intuyó que caía la segunda ronda, cerré la puerta de mi habitación. Es curioso la falsa protección que supone la anulación de los sentidos, como si por el mero hecho de no oírla ella no estuviese allí; igual que cuando nos escondemos bajo las sábanas para protegernos de algo que nos asusta y sentimos que nos acecha.

—Cualquier día, mientras duerme la mona, la mato —susurré.

—Sabes que no es verdad.

Ni siquiera me acordaba de que estaba allí, así que cuando oí su réplica me sobresalté.

—Algún día lo haré —repliqué.

—¿Qué ganarías? ¿Acaso piensas que en un orfanato estaríamos mejor?

—Peor no estaríamos.

—Eso lo dices ahora. Es muy fácil ser valiente encerrado en tu habitación, con tus juguetes y tu consola, pero ¿de verdad crees que uno de esos hospicios es tu salvación? Allí solo eres uno más. Aquí, en cambio, eres su niño. Es cierto que cuando bebe pierde el control, pero en el fondo te quiere. Podría ser peor. Podría…

—¿Matarme? Cualquier día lo hará. Si yo no lo hago antes.

Estaba cansado de la misma discusión, de oír siempre el mismo mantra. ¿Qué sabía ella? Solo acudía cuando mamá estaba demasiado borracha para mantenerse en pie o cuando, como ahora, acaba de empezar a beber. Nunca estaba allí cuando me asía de los pelos y me recordaba que mi padre nos abandonó por mi culpa. ¡Qué sé yo lo que hice con tres años para que mi padre cerrase la puerta tras de sí para no volver a abrirla jamás!

A menudo la sorprendía recitando su nombre en sueños, incluso más de una vez creí leer una sonrisa en sus carcomidos labios, sin embargo, jamás hablaba de él cuando estaba sobria, tan solo cuando el alcohol le usurpaba la lucidez y la inquina se adueñaba de sus palabras, dejaba que su nombre regresase al hogar.

—Los dos sabemos que mientras yo esté aquí tú no harás nada.

—¿Qué insinúas?

—Que si quieres acabar con mamá, primero tendrás que deshacerte de mí.

No voy a negar que alguna vez se me hubiese pasado por la cabeza hacerlo, pero oírlo de su propia voz solo podía significar una cosa: ya estaba preparado para dar el paso.

El valor es una moneda que cada cual devalúa en función de sus necesidades, así que cansado de ver que lo único que había matado hasta ahora habían sido las horas, decidir aumentar su cotización de mercado y acabé con ella también.

No diré que fue sencillo hacerlo, aunque sí que me costó menos de lo previsto. Una vez muerta la voz de mi consciencia, acabar con la vida de mi madre estaba un poco más cerca.

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