Amor de madre

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A menudo el destino realiza curiosas cabriolas para devolver las cosas al lugar que le corresponde. Se podría decir que lo que acababa de suceder se encuadraba perfectamente dentro de esa funambulesca manera de proceder del hado.

Después de más de diez años sin verla la tenía frente a mí. Tardé bastante en reconocerla: el paso del tiempo había sido déspota con ella, sin embargo, conservaba su esencia. El pelo encanecido y el vacío de sus ojos me habían despistado, pero sus facciones principales permanecían inmutables.

Me dirigí a la recepción en busca de una confirmación documental que no necesitaba, pero que era protocolaria. Lo hice como siempre: pasando desapercibido. A pesar de llevar más de cinco años trabajando en la residencia para enfermos de Alzheimer, casi no me relacionaba con ningún compañero. Mucho menos con Luisa, la recepcionista. Su carácter seco y agriado dificultaban mi, por sí mermada, capacidad de socialización. Tan solo Ruíz, un enfermero pasota que iba a lo suyo, y del cual desconocía su nombre de pila, me hacía sentirme lo suficientemente cómodo como para confiarle algún asunto que no estuviera relacionado con el trabajo.

—Buenos días, Luisa —dije

—¿Buenos? Lo serán para ti —respondió, mientras señalaba un fardo de papeles que auguraba una larga jornada de trabajo—. ¿Qué quieres, Nacho? No te quedes ahí mirando como un pasmarote. No tengo todo el día.

—Ah, sí. La documentación de la nueva: voy a preparar la entrada.

Luisa rebuscó en silencio y, sin molestarse en mirarme a la cara, arrojó una carpeta marrón en la mesa auxiliar que había a mi lado. Me despedí educadamente, guardándome para mí lo que la cobardía le negaba a mi voz, y me dirigí a la sala donde mi madre esperaba en la silla de ruedas. Dediqué unos segundos a observarla. Su mirada perdida en un punto del infinito situado tras los amplios ventanales de aquella habitación, se volvió hacia mí en el mismo momento en el que detectó mi presencia. Por un momento me permití soñar que sabía quién era, pero la experiencia me negó el capricho en primera instancia. En segunda, lo hicieron sus ojos. Carentes de profundidad, incapaces de sondear rasgos, cambiaron su destino nuevamente en busca de otro objetivo más llamativo. Lo hallaron en la televisión que, repetitivamente, mostraba imágenes del centro para que los familiares, que dejaban allí a sus seres queridos convertidos en una responsabilidad que no querían o no podían asumir, saliesen lo suficientemente sugestionados como para creer que aquel era el mejor lugar donde podían estar.

Empujé su silla por el pasillo en busca de la habitación que le habían asignado. Para mi regocijo comprobé que se trataba de una individual, lo cual implicaba que quienquiera que fuese el que había decidido aquel destino para ella no escatimaba en gastos. Mejor. Así podríamos recuperar el tiempo perdido sin que nadie nos molestase. ¡Tenía que contarle tantas cosas!

Una vez en el interior, y después de que la chica de la limpieza, de la que nunca era capaz de recordar el nombre, saliera, cerré la puerta y me senté en el sillón frente a mi madre. Aún no había abierto la boca, lo que me hizo temer que nuestro reencuentro no fuese tan interesante como esperaba. Abrí la carpeta marrón y ojeé el folio en el que, grosso modo, el doctor detallaba su sintomatología y el tratamiento a seguir. No mencionaba problemas en su capacidad de interlocución, más allá de los inherentes a la propia enfermedad diagnosticada. Dejé la carpeta en el asiento contiguo y le regalé una sonrisa amplia y sincera.

Permanecí ensimismado en mis recuerdos de la infancia durante un tiempo indeterminado, que cesó en el momento que oí mi nombre salir de su boca. ¿O quizá lo había imaginado? Como si me hubiese leído el pensamiento, volvió a repetirlo. No pude reprimir la lágrima que escapó furtiva de mi ojo derecho. La dejé deslizar por la mejilla hasta que precipitó en la comisura de los labios. Con la lengua la introduje en el interior de la boca y rememoré el sabor salado con el que me había alimentado tantas veces.

Es curioso ver cómo el cerebro, órgano caprichoso donde los haya, incluso en aquellos que adolecen de enfermedades que merman su capacidad, es capaz de aflorar recuerdos que vagan por el limbo de la memoria en situaciones extremas. Por eso, cuando vi que dirigía su mano hacia mi rostro reaccioné instintivamente cerrando los ojos. Tan solo me atreví a abrirlos cuando sentí su mano postrada sobre mi mejilla. Una acción cotidiana de mi niñez que la suavidad de su ejecución convirtió en novedosa. No albergaba recuerdos del tenue calor que la mano de una madre regala a la piel de su hijo, y que sirve para que el corazón mantenga la temperatura adecuada para amar.

Me levanté bruscamente: el momento con el que tanto había soñado en mi infancia había llegado. Comprobé que sus ojos seguían mis movimientos, y cuando hube tomado todas las medidas preventivas que estaban a mi alcance, me situé frente a ella, de pie. Nunca había experimentado la sensación de poder que provoca la diferencia de altura. Bueno, en realidad sí que la conocía, pero desde la perspectiva más desfavorable. Sonreí y asistí impertérrito a su respuesta imitadora.

Cerré los ojos y regresé a la casa en la que forjé mi endeble personalidad.

Allí estaba ella.

Fumando y bebiendo mientras yo permanecía arrebujado en mis sábanas, rezando porque el alcohol doblegara aquel extraño deseo de recordarme que yo era la causa de todos sus males.

Me obligué a mirar al presente a la cara, y constaté su innegable victoria. Descargué el brazo con tanta virulencia que el impacto la hizo salir despedida de su silla.

La dejé disfrutar, unos segundos, del abrasador calor con el que alimentó mi corazón durante la infancia y la reubiqué en la cama con el rostro aún enrojecido. La arropé y besé su frente. Por hoy era suficiente. Al fin y al cabo me quedaban innumerables días para devolverle todo lo que le debía.

 

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