Escuchar

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Esta mañana me ha pasado algo interesante. No soy mucho de compartir mis experiencias personales, pero esta merece la pena. He salido a la calle con mis perras, y un señor mayor, de unos ochenta y pico, me ha abordado, bastón en ristre, con la siguiente afirmación:
 —¡Menuda faena tener que sacar a los perros todos los días!

 Mi respuesta, sincera, ha sido que para mí no era problema alguno; al contrario: me gusta hacerlo. El caso es que de ahí la conversación (más bien monólogo, porque yo me limitaba a asentir de cuando en cuando) ha ido derivando hacia sus vivencias, la mayoría de ellas en Suiza, donde pasó más de treinta y años y desde donde, con la perspectiva que da la lejanía, me ha relatado cómo entendió que habían transcurrido la década de los sesenta y setenta en España.
Pero no ha sido nada de lo que me ha contado lo que ha convertido esta experiencia en algo digno de reseñar, sino cómo lo ha hecho. Cada vez que su cerebro viajaba al pasado arrancaba una lágrima de su ojo derecho, solo de ese. A pesar de lucir unas gafas de sol que protegían unos ojos, seguramente velados por las reminiscencias de un pasado lejos de su hogar, le ha sido imposible ocultarlo. Otro de los detalles que han convertido ese encuentro en especial ha sido algo tan sencillo como comprobar que un hombre, que podría ser mi abuelo, no ha dudado ni un momento en tratar de usted a alguien al que acababa de conocer. Un trato que no ha abandonado en ningún momento, por cierto. Parece algo obvio, pero pensad cuántas veces ocurre hoy en día. Se ha perdido esa norma de cortesía que antaño formaba parte del abecé de todo sistema educativo. Me ha sorprendido, en cambio, que cada vez que iba a hablar de Franco bajase el tono de voz como si temiese que alguien pudiese escucharnos y eso supusiese algún problema. Me ha recalcado, y doy fe que lo he creído a pies juntillas, que se aprende mucho más de un fracaso superado que de mil éxitos. Ya sé que la frase no tiene nada de novedoso, pero si hubieseis podido escuchar cómo lo decía… Hablaba con conocimiento de causa, con el bagaje que dan los años  y con la sinceridad que certificaban las lágrimas que anegaban su ojo derecho.
Sin embargo, la frase que más me ha calado y que más me ha hecho reflexionar ha sido la que ha usado para despedirse:
—Gracias por tener tanta paciencia y escucharme. Sigue así: escucha. Escucha siempre a las personas mayores, aunque, como yo, solo digan tonterías.
Puedo aseguraros que nada de lo que ha dicho era una tontería, es más, ha demostrado tener un nivel cultural alto, pero por sus palabras deduzco que no siempre encuentra un interlocutor con el que compartir sus minutos de soledad.
A mí me ha hecho reflexionar, no sé qué os parece a vosotros.

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